Abro los ojos. Nada. El lapso de tiempo entre el sueño y la
vigilia se ha convertido en el único momento del día en el que consigo paz.
Parpadeo y vuelvo la cabeza. La luz que se derrama a través de la ventana es
demasiado intensa, ¿cuánto habré dormido?
Aparto las sábanas, pegadas a mi cuerpo cubierto de sudor, y
me incorporo. El tormento no tarda en invadir mi mente. Aquella victoria ya no
significa nada. No sin los campeones de Tierras Yermas.
Inspiro hondo y dejo escapar un bufido de resignación. Es hora de levantarse.
Inspiro hondo y dejo escapar un bufido de resignación. Es hora de levantarse.
—¡Petro! —exclamo
con desgana. Al cabo de diez segundos decido dejar de contar, pero no se demora
mucho más en abrir la puerta.
—Buenos días, mi señor —Se inclina— ¿Me ha llamado? —El muy imbécil continúa preguntando eso después de más de tres
años sirviendo en el castillo. No pienso responder.
—¿Hay noticias de…? —Me
detengo al ver cómo el gesto de Petro se tuerce en una mueca de terror. El
pobre se crió en Áscalon, con esos salvajes que no entienden que solo ellos son
responsables de que los acontecimientos no se resuelvan a su favor. Niego con
la cabeza— Déjalo. Que me preparen un baño.
Petro asiente y desaparece antes de que recuerde que olvidar
el protocolo le habría valido una paliza en su reino. Probablemente esté
palideciendo ahora.
Limpio, refrescado, y ataviado con mi túnica de monarca
ingenuo, me persono en la torre oeste, donde me espera Namyra, capitana de los
caballeros de la orden de la estrella blanca. ¿No se cansará nunca de llevar
puesta esa armadura? Y el hacha a su espalda, ¿cómo hace para no caerse hacia
atrás? Sus ojos, verde pardo y sin brillo, no dejan de acecharme mientras me
acerco a ella. Me sorprendo observándola cerca de un minuto, tratando de
adivinar cómo será el rostro que se esconde detrás de ese yelmo en forma de
cabeza de serpiente. Estúpidos votos de lealtad a un Dios que tal vez ni
exista.
—Tan perfumado como de costumbre, Narai —me escupe con
sarcasmo. Un sarcasmo amistoso.
—¿Has terminado ya tus ridículas oraciones? —respondo con naturalidad.
—Desde antes de que sacaras tu gordo culo de la cama —Ambos nos miramos en silencio durante
unos instantes. Ella es la primera en romper a reír.
—Si nos oyen hablar así en público, no tardará en haber un
golpe de estado –advierto con voz seria. A través de los colmillos de Alissana,
veo que sus ojos por fin brillan. ¿Habrá sonreído?
Durante nuestro paseo a las murallas, noto cómo el miedo y
la duda han crecido entre los míos como una sombra asfixiante. Miradas bajas,
semblantes serios. No tardaré en oír réplicas.
—Tendrías que haber dejado que los acompañara —La voz de Namyra me saca de mi
cavilaciones. Vuelvo la cabeza hacia ella y veo que ni siquiera me mira. Conoce
mis silencios, y mis miedos.
—Aprecio demasiado mi vida como para exponerla a otra
traición –La frase se me escapa de los labios afilada como un cuchillo. Siento
ganas de disculparme, pero no puedo. Mucho menos delante de mis hombres.
Titubeo, tratando de que las palabras adecuadas se pronuncien solas. Todo un
despropósito.
—Pero no lo suficiente como para saber en quién confiar —Namyra hace restallar esas palabras
como un latigazo. Eso me pasa por caprichoso.
—Entonces te mandaré ejecutar –No se ríe, ¿le habrá
molestado?
En silencio, subimos las escaleras que llevan a lo alto del
Vigía, el torreón que se alza por encima del pico más alto de las Montañas Imposibles.
Al cabo de dos minutos casi no puedo ni respirar, pero Namyra mantiene el ritmo
incluso con el peso extra que soporta su cuerpo.
—¿Te empujo? —Me
dice, desde unos peldaños más abajo. No es difícil percatarse de que el
cansancio me va ganando terreno.
—Si te digo que sí, ¿lo harás?
Por suerte, las torres de la muralla se erigieron con la
ayuda de varios artífices que, muy convenientemente, manipularon el espacio en
su interior para que el ascenso resultara diez veces menos insufrible de lo que
debería. Cuando salimos al exterior, mando a los guardias allí apostados tomarse
un descanso. Por fin puedo encogerme de rodillas y recuperar el aire con fuerza.
Namyra no tarda en soltar una risotada. La miro con cierto odio, y ella, lejos
de amedrentarse, me tiende una mano, como si no pudiera levantarme por mis
propios medios. Lo consigo, aunque no sin cierta dificultad.
—Deberías plantearte muy seriamente hacer ejercicio.
—Deberías probar a ser el único soberano libre en un mundo
subyugado por una loca del inframundo con un millar de dragones y otras
criaturas a su servicio –Parece que eso sí le ha hecho gracia.
Después de varias bromas, el silencio vuelve a nosotros. La
presencia de Namyra me reconforta, y cualquiera que no se diera cuenta del
motivo, o tratara de aludirlo a algún estúpido romance apropiado para las masas
en bancarrota mental, no sería más que un ingenuo.
Medianoche. De todos los lugares en los que podían perderse,
tuvieron que elegir precisamente ese. ¿Y si han fracasado? ¿Y si han muerto?
Pensándolo fríamente, sería lo más probable.
Entonces noto una mano sobre mi hombro, firme, pero cálida y
tierna.
—Derrotaron a Sangre, Narai. No tengas miedo. Volverán —La miro, completamente embobado. Me
ha dejado sin palabras. Y sonríe. Sé que sonríe—. Incluso puede que estemos
aquí para ver cómo lo hacen.
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